
El ‘alcalde de mar’ del Cabo de Hornos
Samuel Gutiérrez habita uno de los lugares más inhóspitos del planeta; es el alcalde de mar del Cabo de Hornos. Antes fue marino y ahora se ha convertido en el farero de uno de los pasos marítimos más míticos del mundo, un trabajo tan duro que sólo se ejerce durante un año. Él se ha llevado a la familia para que le sea lo más llevadero posible.
La geografía del planeta contiene algunos puntos que, ya sea por su situación o sus condiciones, son singulares. Desde la antiguedad, estos lugares han actuado como una especie de imán para aventureros y exploradores que, desafiando toda suerte de impedimentos, han luchado para conquistarlos. Con la mejora en las comunicaciones y en los medios de transporte, muchos de estos lugares se han convertido en accesibles. Sin embargo, para muchas personas no han perdido atractivo. La lectura de los relatos de los primeros seres humanos que llegaron hasta ellos ha mantenido viva el aura de mito que los rodea. Esta atracción ha sido tan grande para algunos que han llegado a llamarlos su casa. Es el caso del responsable del faro del cabo de Hornos.

El compás indica que se han superado los 55 grados latitud sur. El frío entumece. En el horizonte se levanta la isla de Hornos y a sus lomos se divisa una casita color coral. En la cubierta del Vía Australis, el barco de bandera chilena con el que se llega hasta aquí, la temperatura es de cinco grados, y una lluvia fina cae de un cielo sólo parcialmente nublado. Son condiciones bastante buenas para tratarse del cabo de Hornos, pero todavía no lo suficiente para garantizar un desembarco seguro con los pequeños botes hinchables. El problema es el viento. Las rachas son tan fuertes que levantan remolinos de agua, y el capitán prefiere esperar. La nave lleva más de una hora fondeada en una bahía que la protege de la inclemencia cuando llega un paréntesis de calma que hace que el capitán autorice el desembarco.
Esta remota porción de tierra, que domina el embate de los dos océanos más extensos del planeta, es actualmente una de las islas habitadas más apartadas de la sociedad, situada a cinco horas de navegación de la localidad chilena más cercana.
Una vez en la costa, una escalera de madera lleva a la parte alta de la isla, donde se encuentra Samuel Gutiérrez, el responsable del faro. Es un hombre alto, algo corpulento y de movimientos tranquilos. Viste un traje negro que aparenta ser a prueba de cualquier inclemencia meteorológica. Con su mujer y sus dos hijos, son los únicos habitantes de la isla.
Acostumbrado a navegar por la zona como miembro del cuerpo de la Marina de Chile, Samuel sentía curiosidad por cómo sería la vida en la isla: “Natalia, mi mujer, siempre se quejaba de que estaba lejos de ella navegando, así que un día le dije: ‘Mira, si vamos un año al cabo de Hornos, me vas a tener contigo cada día’. Y le gustó la idea. Así que me presenté voluntario para este trabajo”. Su cargo se conoce con el nombre de alcalde de mar y, debido a su dureza, especialmente psicológica, tiene una duración de tan sólo un año. Samuel se ocupa de diversas tareas: “Tengo que controlar el tránsito marítimo y cada tres horas reportar por radio los datos de la estación meteorológica. Además, también realizo el mantenimiento de las instalaciones. Hace un rato estaba revisando el generador y más tarde voy a vestirme de buzo para hacer una reparación de la parte sumergida del embarcadero. Tengo demasiado trabajo para aburrirme”.

La casita donde viven, levantada en 1991 alrededor del faro, parece de ladrillo vista desde lejos. Pero de cerca se descubre que está forrada con planchas de plástico y que los ladrillos están dibujados en relieve. “Si la casa fuera verdaderamente de ladrillo, no duraría mucho en este clima tan agresivo”, dice el farero. “Además, aquí el viento trae la sal del mar, que corroe todo lo que no esté protegido por plástico”. En el cuento de los tres cerditos, la casa buena era la de ladrillo, pero parece que en el cabo de Hornos la buena es la de plástico. Aquí el viento sopla mucho más fuerte que el lobo feroz, y hay que tomar medidas: “La construcción está anclada sobre una plataforma de cemento directamente sobre la roca, pero así y todo las paredes tiemblan cuando el viento es especialmente fuerte. Esta noche hemos tenido rachas de 112 nudos, que son más de 200 km/h, y adentro notábamos los temblores. Los primeros días mi familia tenía un poco de miedo, pero ahora ya se han acostumbrado”. Al lado de la casa hay una pequeña capilla con un altar. También puede verse un póster del papa Juan Pablo II.

El 29 de enero de 1616, el navío Eendracht, comandado por Willem Schouten y Jacob Le Maire – los primeros navegantes que realizaron la ruta del cabo hacia el Pacífico, de la que recientemente se acaban de cumplir 402 años – avistó un remoto peñón en el último punto del continente americano, que desde entonces sería conocido como Kaap Hoorn, en honor al puerto holandés de donde había zarpado meses antes. Sin embargo, una mala traducción al español de Kaap Hoorn le dio el nombre por el que hoy es de todos conocido: Cabo de Hornos.
Los golpes de viento complican las tareas más sencillas, incluso el caminar. Mientras se acerca al monumento en memoria de los hombres que perecieron luchando contra las inclemencias de los mares australes, Samuel comenta que hace un rato ha transmitido por radio los datos de la estación meteorológica: “Algunas rachas se acercan a los 150 km/h”. El monumento consiste en unas planchas metálicas que dejan un hueco en su centro con la forma de un albatros en vuelo. La escultura, obra del chileno José Balcells, profesor de la facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, fue erigido por la Sección Chilena de la Cofradía de los Capitanes del Cabo de Hornos en 1992. Una inscripción con los versos “Yo, el albatros que te espera / en el fin del mundo […] / Yo soy las almas olvidadas de los marineros muertos / que han cruzado el cabo de Hornos / de todos los mares del mundo”, escritos por Sara Vial, poeta chilena gran amiga de Pablo Neruda, recuerda la leyenda que afirma que estas aves gigantescas, características de los mares australes, son precisamente los espíritus de los marineros perdidos. “Cualquier marinero que hubiera sobrevivido a su navegación se ganaba el derecho a llevar un pendiente, en una u otra oreja según la dirección en la que había rodeado el cabo”, afirma Samuel.
Debido al aislamiento, la escolarización de los pequeños Samuel y Anaís –sus hijos, de siete y nueve años respectivamente– no es la típica de unos niños de su edad. “De la escuela se ocupa sobre todo mi mujer. Nosotros no somos maestros, pero nos envían el material desde la escuela de Puerto Williams. Un profesor nos envía los exámenes y luego, cuando viene el barco, nosotros los devolvemos para que los corrijan”. Puerto Williams es la capital de la isla Navarino y es el pueblo más al sur del mundo. También es el pueblo más cercano al cabo de Hornos. Estando en la isla, la familia de Samuel ejerce la soberanía chilena. Puede parecer anecdótico, pero hace apenas 30 años que terminó el llamado conflicto del Beagle, el desacuerdo limítrofe entre Argentina y Chile que afectaba a la soberanía de las islas dentro y al sur del canal Beagle y que estuvo a punto de terminar en guerra. De hecho, si hoy en día se puede caminar por aquí es por el plan de desminado humanitario, realizado en los últimos años por la Armada chilena en cumplimiento del tratado de Ottawa. Parece que ni en los confines del mundo uno se libra de la belicosidad de nuestra especie.
“Las diferentes embarcaciones que pasan por el cabo son nuestra única conexión con el mundo exterior –constata Samuel Gutiérrez–. La Armada me trae las provisiones y suministros cada dos meses. Además tengo amigos en algunos barcos y muchas veces les encargo alguna cosa extra. Les doy el dinero, y ellos me lo traen de Punta Arenas o de Ushuaia. En realidad, nosotros no estamos tan aislados como algunos de mis compañeros. Hay bastantes barcos que se sienten atraídos por el cabo de Hornos, pero ¿cuántos hay que desembarquen en Wollaston, Hoste y tantas otras islas que no son tan famosas como la mía? Los alcaldes de mar de aquellas islas sólo tienen contacto humano una vez cada dos o tres meses, cuando el barco de la Armada les lleva provisiones. Aquí, en cambio, llegan visitantes de muchos países, y me gusta recibirles cuando desembarcan. Yo aquí estoy bien entretenido”.
Aunque parezca una forma dura de vida, Samuel asegura tener recompensas: “Primero, es una experiencia que siempre vamos a recordar. Segundo, la paga es muy buena, y encima durante todo el año tenemos los gastos cubiertos. ¡Y aquí no hay muchos lugares donde gastarse el dinero! –ironiza–. Al final de nuestra estadía podremos pagar la casa que estamos construyendo en Punta Arenas”.
Samuel se despide para regresar a su trabajo, y el Vía Australis zarpa de nuevo y pone proa hacia el norte. ¿Hacia dónde si no? A lo lejos se ve la silueta de las islas Wollaston, Deceit, Herschel y Hermite. Tal vez en alguna de ellas hay un alcalde de mar observando el barco con sus prismáticos. Son islas olvidadas, con los líquenes, los musgos y algunas hierbas como únicos habitantes permanentes, y las aves y algunos mamíferos marinos como visitantes casi únicos. Desde el barco, la única forma de vida animada que se ve es el vuelo de un albatros solitario.
Saludos y buenos vientos
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