Treinta años del nacimiento de una leyenda

Fue a las 15:15 horas del 26 de noviembre de 1989, a bordo del barco del comité, cuando Éric Tabarly envió a los trece navegantes solitarios a su primera regata de vuelta al mundo sin escalas, la Vendée Globe Challenge. En las mentes de todos los competidores y de todos los aficionados flotaba una gran pregunta: ¿cuántos llegarían a la meta?

La idea surgió de la mente de algunos de los contendientes durante una escala de la BOC Challenge, la regata en solitario alrededor del mundo con escalas. ¿Tal vez estaban apuntando demasiado alto? ¿Era razonable imaginar una regata sin escalas en solitario alrededor del mundo sin ningún tiempo programado para realizar las posibles reparaciones? ¿Habría suficientes personas interesadas en estar en el podio final?

La Vendée se posiciona

Durante la BOC Challenge 1986-1987, en una de las escalas, varios de los participantes, a los que no les gustaban las escalas porque les parecían demasiado largas e interrumpían el ritmo de regata, se juntaron en un bar en Ciudad del Cabo. En este pequeño grupo, entre otros, estaban Titouan Lamazou, Philippe Jeantot que ganaría la regata por segunda vez, Guy Bernardin, Jean-Yves Terlain y el estadounidense Mike Plant. Su idea calaría entre aquellos que habían aprendido a navegar con Tabarly, incluidos Philippe Poupon y Jean-François Coste.

Pronto surgió la pregunta de dónde debería comenzar la regata. La gente pensaba en puertos famosos como La Rochelle o Brest, pero Philippe Jeantot sorprendió a todos al firmar un acuerdo con la ciudad de Les Sables d’Olonne y el Consejo Vendée, quien ofreció su apoyo financiero. Acababa de nacer la Vendée Globe.

Viejos lobos de mar y jóvenes intrépidos

Entre los trece navegantes que se inscribieron en la primera regata, figuraban grandes nombres de la vela, como Philippe Poupon, que ya había ganado la Route du Rhum y la Plymouth – Newport, los dos grandes eventos en solitario de esa época; Philippe Jeantot, dos veces ganador de la BOC Challenge, la regata alrededor del mundo con escalas; y Guy Bernardin, que ya había navegado alrededor del mundo. Jean-Yves Terlain decidió participar al timón de un diseño radical, mientras que Titouan Lamazou, después de ser segundo en la BOC Challenge, tenía un monocasco especialmente construido para la regata. Varios navegantes no franceses convirtieron esta regata en un evento internacional, como el estadounidense Mike Plant, que ya había ganado la Clase 2 en la BOC Challenge o el experimentado sudafricano, Bertie Reed.

Junto a ellos, había algunos jóvenes ambiciosos e intrépidos como Loïck Peyron, Alain Gautier y Pierre Follenfant, que soñaban con tener éxito, mientras que otros tomaron el timón de algunos barcos inusuales. Jean-Luc Van Den Heede tenía un largo “cigarro” de aluminio basado en un diseño de Harlé; el barco prescindía del más mínimo elemento que ofreciera comodidad y la gente se preguntaba cómo se las arreglaría el antiguo profesor de tecnología en el Océano Austral. Por su parte, Jean-François Coste zarpó a bordo del venerable Pen Duick III, una goleta de 17 metros, que conocía el mundo, pero que no podía competir con los nuevos barcos construidos para la regata.

¿Cuántos acabarán?

Los espigones del puerto no estaban tan atestados de aficionados como lo están hoy en día. Solo eran unas pocas personas curiosas por ver lo que estaba sucediendo cuando los gladiadores entraron a la arena. La gran pregunta en boca de todos era cuántos barcos llegarían a la meta ya que las reglas no dejaban espacio para ningún error. Los rumores más locos se extendieron por el muelle. ¿Habría suficientes competidores para completar el podio? Tal vez Jean-François Coste, al timón de su Pen-Duick III iba a quedarse atrás, pero tenía un barco fuerte, así que, ¿había tomado la decisión correcta? Esa fue la historia que escribieron la mayoría de los periodistas.

Si bien sabían que estaban compitiendo en una aventura excepcional, los navegantes no tenían tantas preguntas en mente.

En esta primera Vendée Globe, siete barcos llegarían a Les Sables d’Olonne. La regata vio la victoria del dominador de la carrera, Titouan Lamazou. Jean-Yves Terlain se vio obligado a retirarse después de desmayarse en el Océano Índico, al igual que Philippe Bernardin, que sufrió un terrible dolor de muelas que le obligó a ir a puerta para recibir tratamiento. Philippe Poupon, cuyo barco se inundó cuando entró en los cuarenta rugientes, fue salvado por Loïck Peyron, quien filmó de manera inteligente toda la escena. Dos navegantes completarían el viaje, pero sin clasificar: Patrice Carpentier, quien sufrió daños en su piloto automático y tuvo que realizar una parada en las Malvinas, y Mike Plant, quien le comunicó a la Dirección de Regata que debería ser descalificado después de recibir asistencia, cuando su barco, después de echar el ancla, comenzó a derivar peligrosamente hacia la costa.

Cuando el final es, en sí mismo, una victoria

Cuando Titouan Lamazou, antes de cruzar la línea de meta, ni por un segundo se podía imaginar ver a una multitud de aficionados agolpándose en los espigones el canal de Les Sables d’Olonne para recibirlo. La culpa la tuvo el rescate de Philippe Poupon. los aficionados, tras ver el rescate grabado por Loïck Peyron, estaban deseosos de ver y conocer a estos audaces marineros, a estos aventureros no convencionales. Como el amor y cariño que los aficionados le mostraron a Jean-Luc Van Den Heede, un ex profesor de tecnología que navegó a bordo de un barco de aluminio con solo una chaqueta de piel y calzado con unas zapatillas de baloncesto mientras sorteaba los icebergs. Cada finalista recibe una gran bienvenida y es celebrado apasionadamente por el público que ha descubierto una nueva raza de héroes deportivos. Dos meses después de la llegada de los tres líderes, Jean-François Coste cierra la regata. A su llegada, los elocuentes patrones solitarios comentan: “Nadie quería hablar de lo desconocido. Pero el mar no se aferró a nadie, simplemente dio. Todo está en orden …”

Así nació la leyenda.

Saludos y buenos vientos

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