Un duro día en la oficina

Las voces en cubierta me despiertan de mi descanso. Es el cambio de guardia, toca levantarse y ponerse a la faena. El balanceo del barco me devuelve a la realidad del mar y de la regata en la que estamos inmersos. Las condiciones en el interior de la cabina del velero son inhumanas, aunque soportables y asumidas por los diez valientes navegantes que compartimos catre caliente. Tras doce días de regata en medio del frio y húmedo océano, el barco huele a salitre y a “humanidad”.

Las voces provenientes del exterior son cada vez más nerviosas y las órdenes son más imperativas…. Debemos de estar navegando “a la vista” de algún otro barco.  Las condiciones meteorológicas son las normales para esta zona del océano con un fuerte mar formado con olas de 7/8 metros y viento entre 20/25 nudos del suroeste. El barco surfea las olas a más de 20 nudos de velocidad. Subimos una ola, planeamos sobre ella unos instantes y de repente, se hace el vacío sobre tus pies y caes, caes sin remisión. Te agarras a lo que puedes y esperas el tremendo pantocazo contra la siguiente ola…. Son solo unos segundos de caída que se hacen eternos. Sientes los acelerados latidos del corazón queriendo escapar de ese suplicio y, al final, escuchas un tremendo ¡bang!, el barco se retuerce, cruje, se endereza y, sin que te des cuenta, ya estas subiendo de nuevo otra ola y vuelta a empezar.

© Jen Edney/Volvo Ocean Race

La voz áspera y grave del patrón vuelve a sobresalir por encima de todos los sonidos del barco avisando: ‘¡Cambio de guardia!’. Tengo muy poco tiempo para salir. Rápidamente busco mi traje de aguas, está totalmente empapado ya que no hace ni cuatro horas que me lo quité para descansar.  Vestirlo es toda una odisea; se te pone la piel de gallina al entrar tu piel en contacto con el áspero, frío y húmedo neopreno. La normal dificultad de meterme dentro del traje, por ser de una sola pieza, se ve incrementada al unírsele el constante cabeceo del barco. Tras cuatro frustrados intentos de subir las cremalleras y cerrar los velcros, por fin, a la quinta consigo cerrarlo, calzar las botas, poner el casco y salir por la portezuela a la bañera. El espectáculo en el exterior es dantesco. El sonido de los 40º rugientes, -los vientos dominantes por debajo del paralelo 40ºS- es atronador y las enormes y gélidas olas rompiendo  en la proa del barco dejándote totalmente empapado hacen que te replantees el por qué estás ahí. No obstante, cumples con tu cometido y te pones manos a la obra.

Soy piloto y mi trabajo consiste en llevar el barco al rumbo indicado con la mejor destreza y con los menores sobresaltos para todos, hecho éste que, por los mares en que navegamos, se me antoja casi una ‘misión imposible’.  Os contaré que pilotar el velero es más una cuestión de sensaciones y de destreza que de aguantar firme la rueda del timón sin hacer caso a los elementos. Tus manos notan las variaciones que son trasmitidas desde el agua por los timones a través de la rueda del timón, mi herramienta de trabajo. La posición de timonel es, en cuanto a riesgos, una de las más expuestas del barco. Ves venir las olas rompiendo en proa y tienes que aguantar firme su embate. Te rompen encima, una, otra, otra… durante las cuatro horas que dura tu guardia, pero tienes que seguir firme, pilotando el barco, notando en tus manos lo que te cuenta el timón, lo que quiere hacer y lo que tú le vas a permitir.

Los compañeros empiezan a asomar por la escotilla de la cabina, señal inequívoca de que es un nuevo cambio de guardia. Me siento como si acabara de disputar un combate de boxeo. Cuatro horas en el timón acaban con cualquiera. Mi cara es incapaz de notar las manos heladas, está sin sentido tras soportar los continuos rociones de agua de mar a 4º. Tras pasar la rueda del timón a mi compañero e indicarle el rumbo seguido y lo ‘revoltosas’ que están las olas, es hora de bajar de nuevo a mi agradable hogar, es hora de volver a pelear con los movimientos del barco para sacar el húmedo y frío traje de aguas, preparar una buena comida a base pollo al curry liofilizado que, aunque no le gusta a nadie ese sabor a comida de astronauta, es lo que nos va a tocar comer hasta llegar a tierra. Tras este ‘suculento’ y aromático menú, es el momento de contestar a alguno de los e-mails recibidos de la familia para rematar echándome sobre uno de los catres calientes, cerrar los ojos, y soñar con la primera comida en tierra: un buen filete con patatas aderezado con un toque de tabasco, una jugosa ensalada de verdura y una fría jarra de dorada cerveza pilsen….

Ya rebasamos el ecuador de la etapa, en unos días el olor a tierra, asfalto y contaminación sustituirán al olor ácido del sudor macerado, mezclado con salitre y el ruido de la civilización ocupará el lugar de los 40 rugientes y de las enormes olas rompiendo en cubierta. El final de la etapa está cerca, y mi mente ya se centra en lo inmediato… En menos de tres horas  se volverá a repetir la rutina diaria de ¡un duro día en la oficina!

Saludos y buenos vientos

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